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 Asunto: STAVROULAS
NotaPublicado: 01 May 2017 22:14 
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Registrado: 28 May 2011 22:51
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Stravoulas
Las ocho de la noche. Omar, otra vez, había faltado al trabajo. Tuve que atender el embarque ayudado por el sereno de la planta. La sala de máquinas era un infierno de calor y olor a aceite rancio. Apagué las bombas, cerré las válvulas y salí al calor que también afuera agobiaba. En medio del silencio ahora reinante subí por la escalera caracol hasta el techo del tanque frontero al muelle. Una brisa serena soplaba desde el crepúsculo y secaba mis ropas sudadas dándome algo de frescura. Miré hacia el muelle: el barco tanquero zarpaba lentamente, una mole de flancos negros virando para enfilar río abajo. A la distancia, veía a los marineros recogiendo los cabos de amarre chorreantes de agua. Se comunicaban entre sí a los gritos y los gritos me llegaban claramente en un idioma desconocido.
Omar. Entre las tuberías, allá abajo al pie del tanque, alcanzaba a ver las dos botellas de alcohol medicinal que había dejado vacías y tiradas allí. Omar estaba bebiendo alcohol medicinal a escondidas en el turno noche. El penúltimo escalón de su desbarranque, pensé. Bajé hasta la oficina de los encargados de turno, me encerré adentro y marqué el teléfono de Omar. Esperé que sonara quince veces y corté. Iban ya tres días que no contestaba.
Llamé a Irene. Ella empezó diciendo —hace un mes que no ve a los chicos ni los llama. Debe estar en una de sus recaídas.
Alguien la interrumpió. Mientras esperaba que volviera al teléfono alcancé a oír al hijo mayor preguntándole qué pasaba y a ella que inventaba una explicación. Eran las ocho de la noche. Dejé de garabatear con la birome sobre las planillas vacías para pensar qué hacer.
Conocía a Omar desde la adolescencia, y a Irene desde que se casó con él. Unos dieciocho años antes. Ya por entonces Omar tenía problemas con el alcohol. En realidad, pensé, tanto él como yo los teníamos, solo que él corrió más rápido y no pudo frenar.
Sin darme cuenta había vuelto a dibujar óvalos combinados con flechas en el dorso de las planillas de exportación. Tiré la birome a un rincón, como si con ella me deshiciera de ese algo que me molestaba al recordar vasos, botellas y diálogos gangosos con Omar. Irene volvió a atender:
—Irene— decidí —hago una cosa. Me voy hasta el departamento de él, veo qué pasa y te llamo.
— ¿ En donde está viviendo él?— preguntó ella.
—Buenos Aires 2020. Un departamento de planta alta.
—Mejor voy ahora. Dejo a los chicos en casa de papá y te encuentro en la puerta— dijo, y agregó—Él jamás me atendería si voy sola. Y menos si está borracho.
Llegué al 2020 de la calle Buenos Aires al mismo tiempo que Irene. Nadie acudió al timbre de la puerta de calle. En la esquina había una cerrajería cerrada. Copié el número de emergencias y llamé desde un público. Inesperadamente, el cerrajero apareció a los diez minutos. Nos explicó que no podía violar una cerradura sin permiso policial.
Aún en ese tipo de situaciones, Irene no olvidaba lucir sus largas piernas y el encanto de su sonrisa. Esta vez volvió a hacerlo en la comisaría; el oficial de turno, sin dejar de mirarle las piernas con disimulo, le extendió el permiso en un santiamén y llamó a un subalterno para que nos acompañara.
El cerrajero liberó la cerradura con un taladro y tres golpes de cortafierro; mientras lo hacía, sentí las primeras ráfagas del miedo a lo que encontraríamos adentro. Irene me miró dos o tres veces: no supe si estaba tan temerosa como yo. Por fin entramos.
La escalera subía hasta un rellano intermedio y desaparecía doblando a la izquierda. El rellano estaba iluminado desde arriba por una lámpara que no podíamos ver. Ni Irene ni yo conocíamos el departamento.
El policía nos ordenó esperar abajo: sacó su arma reglamentaria y subió despacio. Mis ráfagas de miedo se convirtieron en crispación con solo ver la oscura forma de la pistola. Traté de ser racional: seguramente era el procedimiento acostumbrado. Pero si algo temía yo no era un ataque ni un crimen, sino un suicidio, el fin de la caída. Irene permanecía apoyada contra la pared del zaguán y miraba todo con aire neutro, como de quien ya ha pasado por lo mismo muchas veces. En realidad sus últimos diez años de vida con Omar habían sido un purgatorio.
El policía desapareció tras el recodo de la escalera; escuchamos que allá arriba decía algo a alguien que no le contestó. La voz del policía sonaba aliviada. Reapareció en el rellano y dijo que podíamos subir; había reenfundado la pistola, saludó y se fue.
—Andá vos primero— me pidió Irene.
Subí hasta un pequeño hall al que daban las demás habitaciones. Podía ver la cama del dormitorio por la puerta de dos hojas abiertas de par en par. Omar estaba totalmente desnudo, mirándome sin levantar la cabeza de la almohada desde el centro del calor y la semipenumbra de la habitación. Un ventilador de techo zumbaba quedamente haciendo flamear el borde de las sábanas. Yo ignoraba lo que tenía que decir pero lo dije:
—Qué pasa, Omar? Hace tres días que no contestás el teléfono.
—El vasco Arreola ¿quién otro podría interesarse por mí que no fuera el vasquito Arreola?—contestó Omar con la misma voz gruesa de siempre.
Me senté en el borde de la cama. El miedo me había abandonado del todo. Omar lucía sobrio, afeitado y hasta jovial. Había alegría en la forma con que me recibió. No vi en toda la habitación una sola botella, ni siquiera marcas circulares de vasos sobre la mesita de luz. Mágicamente, quise convencerme, Omar era solo un tipo común y corriente que se desperezaba después de varias horas de sueño, tirado sobre la cama exhibiendo su desnudez como un chimpancé lampiño y amodorrado.
Los tacos altos de Irene sonaron subiendo la escalera y ella apareció ante la puerta del dormitorio. Dijo —¿Cómo estás, Omar?—Omar la miró sin levantar la cabeza de la almohada. Pero algo se rompió, o se terminó de romper en pedazos en ese cruce de miradas. Sin alzar el tono de voz, Omar le respondió:
—Y vos que hacés acá, puta, puta hija de puta? Bruja. Dejáme solo acá con el vasquito, él por lo menos es un amigo.¡Andáte!
Ella lo siguió mirando, impertérrita, negando con la cabeza toda esperanza de que esta vez pasara algo distinto. Yo sabía que le sobraba fortaleza para seguir adelante con su vida y la de sus hijos.
Me puse de pié, empujado por dos impudicias: la del sexo de Omar colgando entre sus piernas, la de mi forzado y pasivo protagonismo en ese diálogo hiriente. Ahora Irene lagrimeaba, solo por un resabio de compasión. La acompañé escaleras abajo. El cerrajero acababa de montar una cerradura nueva, y me alargó las dos copias de la llave y un cuponcito con la cifra que le debía. Le pagué y se marchó.
— No llorés más, Irene. Ya sabés que tu matrimonio apenas fue algo y ahora definitivamente será nada. Andáte para tu casa. Yo hablo un rato a solas con él y cuando salgo te llamo —Consulté la hora: las diez y algo de la noche—Y si te parece, me voy hasta tu casa y hablamos.
—Sí, sí. Como siempre. Esto ha pasado tantas veces que ya lo he dejado aparte de lo de todos los días. Ya nada quiero cambiar en mi vida para ayudarlo. Chau, llamáme…
Se fue hasta su auto taconeando con sus largas piernas y su cartera en banderola.
Volví con Omar. Seguía en la misma posición de antes, comparando el girar de las paletas del ventilador de techo con el de sus sombras en el cielorraso. Me acosté a su lado en silencio. Permanecimos así un largo rato. Lo familiar de nuestra vieja amistad nos ponía a salvo de las palabras, de tantas y tan repetidas palabras vacías.
—¿Estás tratando de dejar?— pregunté al cabo. La respuesta sería previsible, repetida:
—Sí y no. Vos sabés lo que eso significa, no Vasco? Creo que si sabés. Siempre te supe muy parecido a mí en muchas cosas.
Sí, yo sabía. Nos habíamos conocido, Omar y yo, cuando apenas salíamos de la adolescencia. Solíamos quedarnos últimos y solos en las reuniones de club, de bar y de amistosos de fútbol. En la cómoda soledad de a dos, desgranábamos palabra a palabra la escéptica melancolía que nos unía. Y en el medio de los dos hubo siempre una botella de vino tinto. Nunca supe por qué fue así la tristeza en nosotros, él tampoco. Pero moriríamos, antes o después, siendo amigos.
Me levanté y fui al baño. Mientras orinaba apoyado en los azulejos vi en el armario una caja de cartón con envases de alcohol medicinal. Faltaban dos en la caja de cartón, quizás las que él había arrojado al pie del tanque. Pensé que el imaginario suicidio solo se postergaba, y la postergación sería medida no en días sino en litros. Recordé que nadie muere en las vísperas.
Omar continuaba mirando las aspas del ventilador y sus sombras en el techo, borroneadas ahora por la tenue humedad de sus lágrimas. Le tendí la mano para despedirme y se incorporó por primera vez en la noche para ofrendarme un breve abrazo. Nos dijimos hasta mañana sin saber qué otra cosa decir.
Cerré la puerta de calle, pasé la llave por debajo, y traté de recordar cuál era el teléfono público más próximo y de paso a la casa de Irene. Hice dos llamadas. La primera fue a mi esposa, avisándole que unas complicaciones en el embarque me retendrían en la planta de tanques hasta la madrugada por lo menos. Ella estaba acostumbrada a estas cosas. Somnolienta, me preguntó si llegaría a tiempo para llevar a los chicos a la escuela. —Sí— contesté, y colgamos.
Irene me abrió la puerta envuelta en perfume de champú y pijama de algodón.—Miráte, vos—dije— y yo hecho un asco de transpiración y mugre.
—Pasá y tomáte una ducha, dijo. Me alcanzó al baño una toalla impecable y un short del hijo mayor. La casa estaba en silencio a esa hora. Comimos una pizza recalentada sentados frente a frente a través del pasaplatos. Hablamos, mucho y de lo mismo: de Omar desvanecido de borrachera en el piso del cuarto de los trastos, ella que me llamaba, yo que iba a despertarlo. De Omar que medio borracho se descuidó y dejó caer desde la mesa al suelo a su hijo de seis meses, ella que me llamaba, yo que iba. De Omar con el que algo había que hacer, y yo que lo llevaba a una clínica psiquiátrica cuya primera prescripción fue una dosis gigantesca de ansiolítico, para ver al día siguiente, a través de un vidrio gesell, como una terapeuta física lo hacía flexionar una y otra vez los tobillos junto con un nutrido grupo de internos calzados solo con zoquetes, y todos mirando bovinamente hacia delante, hacia casi nada.
La recordación, abreviada por lo reiterativo, no duró más de diez minutos. Irene me miró fijamente a los ojos y me dijo:
—Ya ni puedo extrañarlo, Sergio. Aunque solo hayan pasado dos años desde el divorcio. Ya no quiero extrañarlo.
Levanté los platos y ella empezó a refregarlos. De repente cerró la canilla y se volvió hacia mí. Quizás pretendía ver en mi cara el significado que encerraban sus últimos diez años de vida y sus últimas dos horas de ese día. Y yo no lo sabía, estúpidamente, solo podía imaginarlo, pero yo era hombre y ella mujer.
Nos abrazamos largamente. Irene lloraba refugiada en mi hombro como lo hubiera hecho con su padre. Pensé en la posibilidad de que mi esposa se enterara de aquel largo abrazo. Habría armado un escándalo difícil de explicar. El drama de Irene y Omar manchándolo todo.


Despues me apartó suavemente, en silencio. Me dijo—Volvé a tu casa, pero antes ponéte tu ropa. Era plena madrugada, me despedí y subí al auto. En esa época del año, a las siete amanece del todo. Aún así, el día no prometía nada nuevo. No al menos para Omar, Irene o yo. Manejé tan despacio como para besar a mi esposa y dejar puntualmente a los chicos en la escuela. Después seguí hasta la planta de tanques. El portero levantó la valla y me advirtió que el barco, por no sabía qué razón, había vuelto al muelle. Que me estaban esperando por ese motivo.
Omar estaba en la sala de encargados tratando de encontrarle solución al problema. Había un revoltijo de papeles a su alrededor y se alivió al verme llegar. Trató de disimularlo pero sus ojos bizqueaban como los de un zombie. Otra vez anoche—pensé—otra botella.
Busqué entre los papeles hasta encontrar los recibos de embarque. Había olvidado firmarlos: esa birome tirada vaya a saber donde entre las estanterías mugrosas, la llamada a Omar y a Irene.
Corrí hasta el muelle con los papeles en la mano y subí al barco por la escala manchada de agua salina. Los marineros me señalaban riendo y se burlaban de mí en su idioma incomprensible. En el puente me esperaba el primer oficial, un hindú que farfulleaba el inglés tan bien como yo. Solo pude decirle Excuse me, I made a mistake, I´m sorry officer.
Después firmé sus recibos. El hindú sonreía mientras yo firmaba. El encabezado decía que el barco se llamaba Stavroulas. Recuerdo vívidamente eso y que el hindú, antes de dejarme ir, me dijo que había estado hablando con Omar, mi segundo.
—Es alcohólico—dijo— cuídese de lo que él hace pero sin dejar de ayudarlo. Yo también lo fui y me curé.
Abrió sus brazos abarcándose a sí mismo:
—Yo también fui alcohólico. Se cura. Yo soy una prueba.
Un primer oficial hindú diciéndome qué hacer. Asentí antes de bajar la escalerilla. Me quedé en el muelle hasta que resonaron las cadenas de las anclas subiendo y el nombre Stavroulas empezó a apartarse río adentro. Los marineros se gritaron incompresiblemente hasta completar la maniobra.
Hoy todo eso parece haber llegado tarde. Quizás el Stavroulas esté iniciando su nuevo viaje desde Madras. Quizás su destino sea el mismo o el oficial hindú se haya bajado de la tripulación. Desearía que no fuera así, que Omar hubiera dejado el alcohol e Irene lo hubiera aceptado otra vez. En eso pienso cuando beso a mi mujer y llevo a mis hijos a la escuela secundaria.
El Stavroulas nunca volvió y Omar decidió morir de un infarto al salir de su casa. Irene se casó de nuevo. Mi mujer ya no la cela. Yo hice limpiar la sala de máquinas y la oficina de encargados. Huele a soda cáustica pero eso pasará.
Siempre que llega un buque nuevo pregunto si el oficial es hindú y habla poco español. Soy pésimo hablando inglés.




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 Asunto: Re: STAVROULAS
NotaPublicado: 01 May 2017 23:53 
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Registrado: 10 Jun 2011 16:30
Mensajes: 2159
Otro gran trabajo. ya hablaremos. besos y felicidades

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 Asunto: Re: STAVROULAS
NotaPublicado: 03 May 2017 13:06 
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Registrado: 10 Jun 2011 16:30
Mensajes: 2159
:medallaoro.png: y :medallaoro.png:
Por la ambientación, por los personajes, por la atmósfera cien por cien krugeriana.
Ay, qué modo de escribir.
Felicidades, amigo. Ni una pega.

_________________
:Spain.gif: Saludos desde Asturias.


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 Asunto: Re: STAVROULAS
NotaPublicado: 04 May 2017 16:01 
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Registrado: 05 May 2011 15:30
Mensajes: 1855
Bravo desde el comienzo hasta el final. Mi enhorabuena.


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 Asunto: Re: STAVROULAS
NotaPublicado: 08 May 2017 12:19 
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Registrado: 13 Jun 2011 07:18
Mensajes: 1222
:medallaoro.png: Ek y merecidas.

El golpe del regreso del barco a por los papeles es un buen giro para que el hindú diera ese último consejo.

"Cuídese y ayúdelo".

El final muy bueno.

Saludos.

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:Spain.gif: "Quitad de los corazones el amor por lo bello, y habréis quitado todo el encanto a la vida".
J.J. Rousseau





Nunca mires tras de ti, si no quieres enfrentarte a tus miedos.


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 Asunto: Re: STAVROULAS
NotaPublicado: 11 May 2017 20:33 
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Registrado: 09 Ene 2013 19:15
Mensajes: 1418
Genial, genial, Krü. Discúlpame porque estos días no he podido leer.
:hisombrero.gif: :hisombrero.gif:
Abrazos desde Avilés
Asturias


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 Asunto: Re: STAVROULAS
NotaPublicado: 13 May 2017 02:05 
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Registrado: 30 Abr 2011 23:39
Mensajes: 3607
Ubicación: Barcelona - España
Hola, Eduardo.

Siempre admiro tu capacidad para volver sobre el mismo tema, desde enfoques distintos. Hace unas semanas tocaste ya el tema de la angustia que asalta cuando se va a ver qué sucede con alguien que permanece en silencio por un tiempo. En aquella ocasión era un padre a un hijo.

Este cuento es de los grandes, seguramente de los cinco mejores que has escrito. Magistral.

Omar es un nombre árabe, "el de larga vida" (no en este caso). Eso, junto con el alcohol medicinal como fuente etílica, me hizo pensar que el relato podría estar ambientado en un medio musulmán donde las bebidas alcohólicas están apenas permitidas. Pero después veo que no, un puerto fluvial de barcos de gran calado (hay pocos en el mundo) y explícitamente se dice "Buenos Aires". ¿Por qué en Buenos Aires un hombre se emborracharía con alcohol medicinal? Si fuera un ansia sobrevenida y no tuviera otra cosa a mano, podría ser. Pero no parece el caso, Omar bebe con premeditación. Otra posibilidad, evitar el olor que delate, pero hay otras bebidas de tampoco huelen, como la vodka. Más acorde con el fondo del relato, podría ser que el hombr no sea capaz de evitar emborracharse pero no se permita el placer de tomar bebidas que puedan agradarle. Su complejo de culpa por el accidente de su hijo pesa mucho en él, en realidad su vida es un suicidio, más que postergado, en cómodos plazos. Él ataca a Irene porque no quiere aceptar su ayuda, no cree merecerla, le remueve el pasado. Al menos yo lo entendí así.

Tus mejores cuentos son historias sin buenos ni malos, ni culpables ni inocentes, humanas y sin solución.

He repasado el texto, lo mínimo, tu prosa no se debe tocar porque los detalles son importantes. Va en fichero adjunto.

Por cierto, pensé que zoquetes sería un calzado de madera (diminutivo de zuecos) pero veo que son calcetines (socks) o similar. Curiosamente, la RAE no lo incluye.

Impresionante. Abrazos.


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